HISTORIA DE UN CONDUCTOR QUE LLEGÓ A DONDE NO IMAGINÓ QUE LLEGARÍA

No pudo ser más que silencio. No fue; no es: no será. Pasa en su auto por la calle -en el camino aquél; en los puentes de oro con ríos de oro abajo-. Encadenado fue; -va, irá-, por el misterio, por sus sueños, por las imágenes que fueron y no pudieron ser.

Estuvo, está y estará sin ningún movimiento interior, porque lo golpeó lo imposible y se quedó sin tiempo; todo desde que decidió darse por vencido, definitivamente por vencido. Entonces, solo va. Mientras perece la esperanza que nunca tuvo. La tempestad gota a gota se consume en la tierra y se convierte -convertirá- en extraños seres inertes.

Asistió al tercer entierro de aquél amigo que se negaba a aceptar la muerte y luego volvió al camino, calle -puente-… Le acompañaba la espalda de la sutil melancolía; le acompañará a rendirle homenaje a la ausencia cada mañana; tarde; noche; madrugada… El fuego que le rodea lo arrastra al extravío. Le quema desde adentro las venas, los huesos, la carne.

Se fumó sus ideas sentado en la acera del desdén y las vio alejarse como el humo espeso, y perderse en el vacío…

Se fue en su auto. Aumentaba de velocidad con los kilómetros que recorría. Veía pasar vallas y casas y todo lo que se pueda ver pasar en cualquier carretera. La velocidad; el ruido estruendoso del motor como tormenta interminable y la rabia. Cada vez más rápido; cada vez más rabia.

La ventana de la cocina daba a una pared sucia que estaba a menos de un metro de distancia. Se pasó el día – y algunas veces la noche- viendo por esa ventana. Sus pensamientos eran como un soplo de viento; que corre, que no se entiende, que desaparece pronto. Alguien apagó groseramente la lámpara que iluminaría su sonrisa; como si la hubiera desconectado de la pared de los recuerdos con la maliciosa intención de no permitirle hacer – o intentar hacer- un mínimo gesto de sonrisa. Entonces, así, con su mirada de televisión, tan vacía; tan sin sentido, se detuvo como evidentemente no lo haría cuando iba en el auto…

Aumentaba su rabia con la velocidad hasta que ya no se distinguían las casas ni los árboles ni las vallas; sólo se veía líneas difusas que pasaban; y pasaban cada vez más rápido.

Siempre en esa ventana de la cocina; tan pequeña, tan estrecha. Respirando lluvia mientras la tierra se secaba y se quebraba.

No existía el jamás paro se le atravesaba en la carretera. Es posible que ya para aquél entonces había dejado de pensar: le agotaba hacerlo. Así que conducía rápidamente invadido por la rabia y sin pensar. Atropelló todo lo que pudo y lo que no pudo también; todas las palabras que fueron y han seguido siendo inventadas, para someterse a absurdos inexplicables. El motor dejó de sonar y los colores de verse cuando la rabia llegó al límite. Conducía con todo su existencia sin consuelo. El día se volvió diminutamente eterno. El sol sufrió un leve desfallecimiento hacia el mediodía pero más tarde se repuso milagrosamente y siguió flotando en el infinito. La carretera no terminaría en ningún lugar.

La cocina era quizá el lugar que menos le gustaba de la casa pero allí estaba la ventana y entonces su hogar se redujo solamente a la cocina. Una cocina distinta; sin comida, sin horno, con una ventana por la que no entraba luz. Pero allí nacían las canciones de la imaginación superflua del hombre este que se fue en su auto por el camino, por la calle, el puente de oro y ahora por la carretera que llevaba a ninguna parte.

A ritmo de rock pesado conducía aún, llevado por una fuerte ráfaga de viento que de repente lo empujó más fuerte hasta mandarlo al sol.

1999

*Imagen: Koen Van Den Broek

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