ENTELEQUIA

Cuantas veces buscó inútilmente la sobrevivencia en este su y nuestro mundo. Y no sólo él, no; todos aquí. Pero las calles se mueven y nos botan. Esas calles húmedas. No son sólo las nubes sucias las que manchan los corazones, también las ideas, que vuelan entre ciudades /como transparentes siluetas –monstruosas– / no se van ni se esconden. Ellos, como insectos, sólo movían sus patas sin sentido, con sus voces dormidas.

La luna brillaba oscura, con sus largos cabellos opacos y pesados. Hacía varios meses que la vida era sólo un teatro absurdo en el que algunos, tratando de hacer más real su papel, morían inflexiblemente. Pero también había malos actores que se daban por vencidos y nunca eran vistos ni escuchados. Su ignorancia era inevitable e indivisible. En las esquinas aguardaba la conciencia dando estúpidos consejos.

 

Se sentían como uniformados, caminando hacia un solo lado. Estaban como muertos que no saben que lo están e insisten en quedarse. Y allí estaba yo; con ellos, pensando sin pensar y hablando sin hablar. Sola; para siempre sola. Nada me entusiasmaba. Ni siquiera la actuación…

 

Entonces, llegaron ellos. Sí ellos, con sus sonidos suaves y deliciosos / nos obligaron a detenernos y a escucharlos. Ellos si eran sinceros. Gritaron palabras que no entendimos, pero supimos que eran bellas. Olvidamos el tiempo y el espacio y nos elevamos sobre la alfombra de sonidos que nos transmitían a través de sus manos; de sus propias manos; sí, esas mismas manos que la construyeron. Todo pareció transformarse como por una especie de hipnotismo pero nos importaba nuestra vida y la felicidad en ella más que su causa. Los rasgos de nuestro universo abstracto, que ni la metafísica pudo definir, se nos presentaron como un juego de niños, que comprendimos sin esfuerzo. La música continuaba gritando sonrisas. Y era nuestra. De nadie más; sólo nuestra. De nuestra gente, de nuestro país. ¡Que majestuosos sonidos! Sonidos a madera sonora.

 

Mi soledad huyó con alguien más de repente. No había sido sólo gracias a la mirada y rostro hermoso de los músicos; sobretodo su música. Cayó el sol sobre las orillas que parecen haber detrás de las ventanas y el suelo caliente empezó a enfriarse… Las manos se movieron y se unieron en palmadas al unísono.

 

El no sobrevivió. Siempre quiso hacerlo pero se perdió en su tiempo, mientras buscaba en ningún lado cómo lo lograría. Nosotros seguimos aquí. Aquí estamos y no nos importa si sobreviviremos, o tal vez sabemos por adelantado que así será. Las puertas escupen libertad y gritos; como los gritos que hace tiempo se acumulaban dentro de nosotros, pero que se detenían llegando a la garganta y allí se quedaban. Ahora no; no. Se acabó para siempre nuestro teatro. Para siempre…

-¡Ah! ¿Qué? ¿Qué ya amaneció? ¡oh! Entiendo…Ya voy.

(Ya es tarde. Se hizo tarde. No se puede ya ni soñar sin fronteras…) ¡Ya voy! (Que terribles entelequias que parece que se apoderarán de uno. Los sueños… La vida, la muerte; todo sueños…) ¡Ya voy! Ya voy…

 

1999

*Imagen: The Plain of Auvers  ~ Vincent van Gogh

 

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