LOS HIJOS DEL SOL

 

Ya los árboles se habían puesto rojos y el suelo también. El aire invisible y poderoso había secado la humedad de las lágrimas de los ojos machacados entre las nubes. Entre la calle bailaban las piedras azules y transparentes al ritmo de un piano desafinado.

Los persistentes truenos en el cielo seguían sobresaltando a las aves.

Sólo brillaban tenues luces entre las ventanas cerradas de las casas quebradas; temblorosas y agonizantes.

Inmensos caballos trotaban encabritados y relinchaban fuertemente mientras rompían las piedras de las calles y las lanzaban a los rostros de los pequeños hijos del sol ya fallecido que lloraban restregándose los ojos y huían a donde no conocían acompañados de sus oscuras sombras. Se perdieron embriagados e dolor entre las hojas secas…

 

La pequeña ciudad pintó sus labios de negro y calló para siempre. Acogió al silencio y adornó con él todas sus paredes.

Por eso perdidos cantan los pájaros entre los árboles la canción que les regaló el sol antes de irse lejos, en silencio.

Ya todos sabían qué días volvían los caballos buscando que más agregar al duelo eterno que poco a poco se hacía más denso. Y se hacían a un lado para dejarlos pasar y luego a las sombras de los niños.

 

Una tarde a alguien le pareció escuchar una risa estrepitosa que salía de la rajadura de una puerta verde y se acercó para asomarse lo más que pudo pero algo lo empujó para luego quedar todo en silencio de nuevo.

El tenía seis años y caminaba con su perrito negro y actuaba como todos los demás allí sin saber por qué. Cruzaba las calles y observaba todo y se le hacía extraño pero ni se conmovía ni se preguntaba nada. Andaba siempre caminando. No tenía juguetes. Nunca había tenido una pelota de hule, ni un trencito de lata, ni un ejército de plástico… Su casa era sombría y su madre también.

 

Cuando los árboles y el suelo cambiaron de color por quinta vez y los ojos de las nubes lloraron de nuevo y nadie se preocupaba aún de sus asuntos, los caballos dejaron de llegar, pero no se dieron cuenta. Vivían como hipnotizados, caminando como maquinalmente, con la mirada puesta sólo en sus zapatos.

Hasta las ventanas se retorcían en su dolor. Los enamorados se olvidaron de que lo estaban. Los cantantes se habían olvidado de sus canciones y de su música. Todos se quedaron dentro de sus casas ya listas para caerse en cualquier momento.

 

Una flor negra voló hacia el cielo y después cayó sobre las piedras azules.

Para cuando cayeron vencidas, adoloridas y demacradas las paredes de la ciudad y al unísono retumbó en el suelo el crujido de los huesos secos de todos y el grito del pequeño que no tuvo juguetes, los árboles empezaban a ponerse al fin verdes.

El cielo se despejó y las aves volvieron con los hijos del sol para encontrarse un suelo sucio de casas y gente mustia y callada.

Se acercaron a una puerta verde y la levantaron de entre los desechos de ciudad y rieron; rieron estrepitosamente y se fueron riendo, a otra ciudad de piedras azules y tenues luces, igual que como habían llegado allí…

 

1998

*Imagen: Gerhard Richter: Sea piece (cloudy), 1969

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