INTERMINABLE   PESADILLA

 ¡Marcos! Me dijo José asustado mientras yo yacía en el suelo y lo único que sentía era la sangre que brotaba de mi hombro a mi brazo. Por mi mente, en sólo pocos segundos pasaban mi familia y toda mi vida. Fue entonces cuando me di cuenta que estar allí era lo peor y que lo único que quería era irme y no regresar.

-¡Marcos; levántate, contéstame! -Después de esas palabras ya no recuerdo lo que pasó, pues cuando desperté estaba en un hospital, en un pueblo desconocido. Al abrir los ojos vi de lado a lado la estrecha habitación en que me encontraba; estaba toda pintada de blanco y vacía; enfrente, había sólo una pequeña mesa, con un vaso sin agua. Poco rato después entró una enfermera, me preguntó cómo me sentía, le dije que estaba algo confundido. -Descanse un poco – me dijo – vendré más tarde-. Pero no pude descansar, porque me invadía una terrible angustia, pues no sabía dónde estaban mis compañeros, ni si estaban bien.

Me dieron de alta a la mañana siguiente y pude descansar tranquilamente, pero ese descanso no duró mucho, ya que dos días después mandaron por mí; otro ataque cerca de un pueblo que si siquiera conocía bien.

Estábamos y nos estaban disparando cuando de repente, a mi lado, cayó mi amigo José y por más que le grité y lo sacudí, no me respondió… Me entristecí mucho y al mismo tiempo enfurecí y empecé a disparar desesperado contra los enemigos; los que le habían arrebatado la vida a mi único y mejor amigo. Le di a uno de ellos; mientras caía en sus ojos vi a una familia sufriendo y ya no pude más; dejé mi rifle en el suelo, recogí el cuerpo de José y me fui alejando de entre los árboles y matorrales…

Me tomó mucho tiempo ordenar un poco mi cabeza. Cada noche volvía a mi mente la expresión de José en el suelo.

Siguieron después muchos ataques en los que tuve que participar y seguí viendo caer en el suelo a muchos de mis compañeros, a los que tenía que ignorar para seguir luchando; matando y arrebatando a un ser de una familia, tal vez pobre y grande. En uno de esos ataques, posiblemente el peor de todos, murieron cerca de cien campesinos en nuestras manos, otros, gritaban desesperados. La comunidad se vio conmocionada tras esta terrible masacre en la que yo era culpable de muchas de esas muertes.

En los días siguientes sufrí demasiado y muchas noches no pude dormir, pero parecía que los chapines empezaban a acostrumbrarse a la cultura de la guerra y esto me aterraba. Recuerdo que una vez soñé que caminaba por una calle angosta, de tierra, y que la gente que por allí vivía me miraba con odio y desprecio y que cuando yo volteaba hacia atrás todos ellos habían desaparecido…

Desperté sudando y no me pude dormir de nuevo; mi cerebro recalentado, hacía todo lo posible por ahuyentar los fantasmas que le rondaban. Ese día amaneció muy pronto, o por lo menos así lo sentí Estaba lloviendo. Salí de mi tienda silenciosamente, me dirigí a la selva y me fui adentrando más y más, pero no me importaba. Estaba confundido y solo quería escapar de esa terrible realidad que hubiera querido fuera un sueño.

La lluvia estaba después más fuerte y el sol estaba totalmente cubierto por unas pesadas nubes que impedían ver el azul del cielo. Me detuve por un momento, estaba perdido Lo único que miraba eran árboles de todas clases, de distintos tonos de verde cada uno, y pequeños arbustos en cuyas hojas las gotas de lluvia resbalaban rápidamente. El agua que sobre mí caía tenía un sonido extraño, mis botas, llenas de lodo, absorbían la humedad que hacía que cada vez me diera más frío. Traté de regresar pero no llegué a ningún lado y varias veces volví a donde ya había estado. Me detuve de nuevo; me senté sobre mis pies, escuché algo extraño a mi derecha y volteé. Vi a José en el suelo llorando, mirándome angustiado…   Estaba soñando despierto, desesperado; sólo puede levantarme, ver hacia arriba y gritar fuertemente. Caí al suelo; las lágrimas que de mis ojos brotaban se confundían con las gotas de lluvia en mis mejillas.

Pasó casi un año, yo no había olvidado nada aún, ni a la selva, ni a José. No hubo ataques en ese tiempo hasta que una mañana me llamaron: -Marcos, nos vemos en el parque, hoy nos vamos a El Quiché; allí nos vemos-.

Nos fuimos a media mañana… Empezaba a creer que mi pesadilla no terminaría. El sol estaba más tarde justo enfrente de nosotros, un reflejo penetró en mis ojos y estos se cerraron en seguida. Me volteé, me restregué los ojos, recargué mi rifle y volví a empezar.

Un día nos dijeron que habían unas pláticas que harían que todo eso terminara y me alegré mucho.

Por fin llegó el día que yo y muchos otros más esperábamos; el día en que se firmaría la paz. En lo único que pensaba era en que ese era el fin de mi pesadilla. Poco después, me di cuenta que una simple firma en un papel nunca me haría olvidar los ataques, masacres, heridas, ni a mi amigo José. Y que “la paz”, como le llamaban, necesitaba de todo un pueblo y no sólo de tres pequeños grupos.

Así que ahora sólo me queda esperar algo imposible; algo que algún día pueda hacerme despertar de esta pesadilla que aún no termina…

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