LA MIRADA

Después de haber caminado durante horas, Paul se sintió cansado. Se sentó, estaba sudando y sediento. Estaba solo en el desierto, solo, súbitamente y sin causa aparente.

Recordó algo que por mucho tiempo había estado enterrado en su memoria: su casa.   Aquél salón con lámparas de lágrimas, ventanas cubiertas por cortinas rojizas y el piso reluciente. Recordó a su hermana, Tamara, la que se había ido cuando él era muy pequeño. Aún no sabía por qué.  Extrañaba a su compañera: una guitarra que lo acompañaba a donde fuera. Esos sonidos que él construía con sus dedos al instante, esos sonidos que nunca olvidaría. Sus ojos comenzaron a nublarse al pensar en todas las cosas que dejó atrás al asesinar a un hombre, el juicio en el que fue condenado y la cárcel de la que acababa de escapar. El mismo no entendía la verdadera razón del asesinato. Tampoco entendía cómo había tenido tanta suerte y había podido escapar…

Se levantó y siguió su camino. De repente, volvió a su mente su profesor, cuando le lanzaba improperios y le reclamaba el haberle fallado. Silenciosa y lentamente, Paul había abierto el cajón de su escritorio, sacando un revólver. Le había disparado, ya desesperado de sus gritos.

Fue detenido poco después y llevado a prisión; su madre lo intentó todo: estaba segura de que su hijo “jamás haría eso”.

El juicio se llevó a cabo dos semanas después. “¿Por qué asesinó a su profesor?”, preguntó el juez. Paul miró hacia el suelo y se quedó en silencio ordenando su cabeza. “¿Por qué le disparó?”, repitió disgustado. “Me tenía desesperado”, respondió Paul en voz baja. Un amigo de Paul fue llamado por el juez; – me disponía ir a visitarlo cuando vi por la ventana que Paul ponía el arma sobre el escritorio y luego se acercó al profesor para asegurarse de que estuviera muerto – dijo. A la tarde siguiente se dio por terminado el juicio:  “Paul Serres, culpable de la muerte del señor Carlos Ennhi; condenado a setenta años de prisión”. Paul se sintió solo; un grito aterrador hacía todo lo posible por salir… Lo llevaron a una prisión sucia y vacía, no tenía siquiera su guitarra. Estuvo enfermo durante un tiempo. Cuando se recuperó un poco, decidió huir. Así lo hizo.

Después del desierto llegó a un pueblo pequeño. La gente parecía indiferente, el sol no parecía iluminar igual que en otros lugares… Caminó dos calles, miró hacia todos lados y cayó al suelo; estaba deshidratado y hambriento. Cuando abrió los ojos, se vio rodeado por extraños que lo miraban preocupados. Le dieron de comer y beber, Paul se recuperó un poco, les agradeció y se fue.

Paul siguió su camino… Llegó a una carretera vacía, ancha y abandonada, en donde ni las piedras ni los árboles ocupaban un espacio, el aire soplaba sin dirección alguna. Estaba confundido, no sabía que hacer ni a dónde ir. De pronto, ante sus ojos, vio a Tamara, su hermana. Tamara se acercó a él, pero cuando la quiso abrazar, desapareció. Esta imagen lo convenció de que su hermana estaba muerta. Incluso pensó que ese encuentro había sido una despedida.

En una gasolinera pidió prestado un teléfono, llamó a su amigo Mauro y le contó todo brevemente. Mauro salió de prisa en su auto y fue en busca de Paul. -¿Qué pasó? ¿Por qué lo hiciste?- le preguntó al llegar; – lo siento, pero no podía más – respondió Paul al subir al auto. Paul le dijo a Mauro que había visto a Tamara, él se rió y le respondió que de ella no se sabía nada.

Llegaron a la casa de Mauro; era una casa pequeña, en la entrada, había una alfombra de desteñida, enfrente una ventana con una cortina amarilla y a la derecha una estrecha sala desordenada.   Mauro le ofreció a Paul una taza de café, la cual rechazó. Paul le preguntó a Mauro por su madre; – está bien – le dijo, – pero desde que no estás en casa, es algo extraña, siempre está como volando; pensando en otra cosa -.   Paul se quedó pensativo y dijo: – No puedo ir a verla; por favor no le digas nada, no quiero que sepa que he escapado -. Platicaron durante largo rato. Paul durmió allí esa noche. Soñó que caminaba en aquel desierto de nuevo y que su madre y su hermana lo esperaban sentadas en la arena; cuando él se acercaba, ellas se levantaban, se daban la vuelta, y se iban sin decirle nada. Despertó asustado. Tenía un extraño presentimiento. Era en la mañana pero aún estaba oscuro. Decidió irse a esa hora.   Sobre el sofá en el que había dormido dejó una nota que decía: “Voy a ir a buscar a mi hermana, tal vez nos veamos pronto”. Mauro la encontró más tarde; la leyó varias veces. Pensó que si Paul buscaba a su hermana de seguro la encontraría.

Pasaron los días; Paul seguía vagando de un lugar a otro escondiéndose de la gente. Aún no sabía nada de Tamara. Mauro le había dado algo de dinero. Unas tardes después se detuvo en un café a tomar algo; fue allí donde lo conocí. Estaba sentada en una pequeña mesa leyendo, él se me acercó y me preguntó si se podía sentar a mi lado. Yo no guardé mi libro; me quedé marcando la página con una mano mientras lo miraba extrañada; jamás lo había visto y me di cuenta en seguida que estaba asustado y solo, que no tenía nada y en sus ojos había una terrible angustia. No le dije nada. Me dijo que si quería, podía seguir leyendo pero guardé el libro en seguida. Después me preguntó si conocía a Tamara Serres. Aunque sabía que nunca había escuchado ese nombre, lo pensé por un momento y luego le dije que no. Me contó que era su hermana, que hace mucho que pensaba en ella que por eso la estaba buscando, pero que no sabía nada aún. Pasó casi una hora, Paul me dijo que tenía que irse. – Nos veremos tal vez otro día – dijo, y se fue.

No supe de él sino hasta una semana después, cuando lo encontré cerca de donde yo vivía. Estaba solo de nuevo, con la misma chaqueta y el mismo pantalón que en el café. – ¿Encontró ya a su hermana? – le pregunté, – no, y sigo soñando con ella en las noches – me dijo, se voltio y se alejó un poco, me quedé observándolo y luego lo alcancé. El me vio pero siguió caminando como si no se diera cuenta que yo iba a su lado. Caminamos casi dos cuadras cuando se detuvo y me preguntó: – ¿Es usted Tamara; es usted mi hermana? -.   Yo me impresioné, creí que él la conocía bien – no lo soy – le dije – pero le ayudaré a buscarla; venga conmigo a tomar algo y allí hablamos -.

Le pregunté varias cosas pero no me respondió casi nada. – Empezáremos por la oficina de correos – le dije -tal vez allí haya una carta para ella y podamos encontrar alguna dirección -. Quedó pensativo, levantó la mirada y luego le dijo que nos viéramos frente al café al día siguiente. Quedamos de acuerdo. Al día siguiente llegué al café; pasó casi una hora pero Paul no llegó.

Me fui a mi casa. Me disponía a dormir cuando escuché que tocaban la puerta; salí, era Paul, estaba pálido, temblando y preocupado. Lo invité a pasar, le di un vaso con agua para calmarlo un poco y le pregunté qué le había pasado. – No puedo- me dijo – no puedo contarle todo, pero siento mucho no haber podido llegar al café hoy, tuve que hacer algo -.  Le pregunté de qué se escondía, me dijo que de nadie y que no podríamos buscar a su hermana sino hasta en otra ocasión. Preferí preguntarle nada mas, dije que estaba de acuerdo y que le esperaría. Paul había sido reconocido y tenía que irse lejos por un tiempo.

Pasó casi un mes. Un día recibí una carta que decía: “No he podido escribirle, no he hecho nada ni he sabido nada de mi hermana, he estado solo, siempre lo he estado y lo seguiré estando en este universo maravilloso y decepcionante; es mejor que así sea. Estoy cansado, hoy he caminado demasiado, he ido caminando a una cafetería de la calle 602; aún tengo el aroma a cigarrillo que se pega en esos lugares. Espero volver a verla pronto para poder reiniciar la búsqueda de Tamara”.

Leí la carta, la guardé y al poco tiempo me olvidé de ella, hasta que la encontré dos años después…

Paul había vuelto tres meses mas tarde, como lo había dicho. Pensé que no regresaría.

Un sábado por la mañana, cuando salía, lo encontré frente a mi casa. No lo había visto, hasta que escuché su voz . – ¿Ya se va? – me preguntó.

Volteé impresionada, me alegré de verlo. -Venga conmigo, vamos a caminar – le respondí. – Pensé que no volvería, que había encontrado a su hermana y que se había olvidado de mí – le dije, él no me dijo nada; seguimos nuestro camino sin saber a dónde nos dirigíamos. – Jamás la olvidaría – me dijo – no podría -… Llegamos al parque del centro de la ciudad, nos sentamos en una banca, platicamos un rato, fue la primera vez que lo vi reír. – tenemos que buscar a su hermana – le dije. Fuimos a almorzar y luego a buscar algo sobre Tamara a la oficina de correos. Encontramos una carta dirigida a Tamara Serres, Paul la abrió enseguida. Tenía fecha de varios años atrás, esa carta estaba allí abandonada.   Fuimos a la dirección encontrada, nos dijeron que ella había vivido allí pero que se había ido hacía mas de tres años.   Paul pensó que no valía la pena seguir buscando; respeté su decisión pero mas tarde me dijo: – ¿ Me seguirá ayudando a encontrar a mi hermana? -. Me alegró que Paul no se echara para atrás y le respondí que si le seguiría ayudando.

Pero al día siguiente recibí un telegrama que decía que mi madre había muerto; no podía creerlo, me encerré en casa por varios días sin importarme que tocaran la puerta, lloré hasta que no pude más, hasta quedarme sollozando. Me sentía en un lugar distinto del que rige el mundo de la realidad, hubiera querido que así fuera, que todo eso fuera irreal y quería despertar y darme cuenta que todo era un sueño, despertar e ir a verla, hablar con ella, reír y dejar de pelear como siempre lo habíamos hecho. Pero no estaba soñando. Salí tres días después. Jamás fui a su tumba ni al lugar donde murió.

El día que salí, Paul estaba sentado en el suelo; recostado en la sucia pared de ladrillos manchada por la humedad. Me dijo que había llegado varias veces y que llevaba allí vario rato. – Lo siento – le dije – pero mi madre murió y no escuche que tocara la puerta -. Me senté a su lado y empecé a llorar de nuevo. Paul me abrazó; no recordaba que alguien me hubiera abrazado antes, tal vez porque en ese momento lo necesitaba y antes no. No sé por qué me sentía culpable. Alguien me dijo un día que mi madre había estado preguntando por mí poco antes de morir.

Unas semanas mas tarde, reiniciamos la búsqueda de Tamara. Una mañana llegó Paul muy emocionado; le habían dicho que le darían información sobre su hermana.. – Vámonos en seguida, creo que por fin la encontraremos – me dijo, me tomó de la mano, salimos, cerró la puerta y salió de prisa. Su felicidad me daba envidia, algo que nunca antes había sentido.

Fuimos a la casa de un hombre alto, delgado y un poco viejo. – Venimos sobre la información de Tamara Serres – dijo Paul. – Claro, pasen – respondió el hombre cerrando la ventanilla y abriendo la puerta. Nos preguntó si queríamos tomar algo, aunque yo le hubiera aceptado un vaso de agua, Paul le dijo que no queríamos nada; estaba impaciente por saber de su hermana. El hombre nos dijo que conocía a Tamara, que hace mucho no la veía pero que de seguro aún vivía en un pueblo cercano, en calle 409. Paul agradeció al hombre la información y nos fuimos a buscar la casa de Tamara. Tocamos la puerta, nadie abrió. – Tal vez salió pero ya volverá -me dijo Paul, – la esperaremos -. Nos sentamos en las escaleras de enfrente y esperamos… Pero Tamara no llegó. – Odio a ese maldito hombre de pantuflas – dijo Paul refiriéndose al que nos dio la dirección. La gente que pasaba frente a nosotros nos miraba extrañada. Volvimos a casa, yo ya tenía hambre y creo que Paul también pero no lo dijo; estaba preocupado. Varios días después, investigue acerca de la casa de Tamara.   Nadie sabía nada de su antigua propietaria, no sabían por qué se había ido y abandonado su casa en lugar de venderla. Esto me hizo pensar que Tamara había muerto pero no le dije nada a Paul, no quería desanimarlo.

Pasó mucho tiempo antes de que me enterara del terrible secreto que Paul guardaba. Un día fui a visitar a una vieja amiga a un pueblo cercano. Su casa era pequeña pero muy hermosa y fresca. Estaba en la sala conversando con ella cuando volteé y vi un periódico que estaba sobre una mesa; en seguida reconocí la fotografía de Paul en la primera hoja. Le pedí el periódico a mi amiga y leí el encabezado de la foto. Decía: “Después de haber escapado de prisión hace ocho meses, Paul Serres aún no ha sido capturado”. Esto me afectó mucho, mi amiga me preguntó que me pasaba, le dije que nada.  Le dije si me podía llevar el periódico y me fui. Al llegar a casa lo guardé, salí a buscar a Paul pero no lo encontré.

Días después, Paul llegó a verme; le abrí la puerta entró y se sentó en el viejo sofá.  No le dije nada y eso le extrañó. Fui a sacar el periódico y se lo entregué; ni siquiera tuvo que leerlo, al ver su fotografía supo de qué se trataba. Me miró enojado, arrugó el periódico y lo lanzó contra la pared; se levantó para irse pero lo detuve, le dije que no lo delataría pero que me molestaba haberme enterado de esa manera. Se sentó a mi lado y me contó todo lo sucedido. Todo lo que me dijo me dejó impresionada, le dije que lo seguiría ayudando a buscar a su hermana.

Un día vino a visitarme Lucía, una amiga; estuvimos platicando y le pregunté si ella conocía a Tamara Serres y me dijo que no, pero que no hacía mucho, un amigo le había hablado de ella. En seguida le pedí su nombre y su número. En la mañana llegó Paul, le dije de la información que había obtenido y él llamó al amigo de Lucía, el cual le dio su dirección y le dijo que llegáramos esa tarde.

Llegamos y entramos, nos dijo que nos sentáramos – Tamara Serres murió hace tres meses – nos dijo – era mi mejor amiga, nunca supe que tuviera algún familiar; lo siento mucho -. Paul no dijo nada; se levantó, y salió sin acordarse de mí. Lo alcancé y le dije que yo también lo sentía mucho. Hizo como si no escuchara todo lo que yo le decía y siguió su camino. – ¡No es mi culpa! – le dije enojada de que no me hiciera caso. Paul se detuvo y me abrazó, por su mejilla resbalaba una lágrima rápidamente…

La madre de Paul se enteró de su huida de prisión e hizo lo imposible por encontrarlo; lo buscó en muchos lados pero no lo pudo ver de nuevo, también se enteró de la muerte de Tamara y de cómo había muerto; se accidentó en su auto en una carretera, nadie sabía lo que causó el accidente.

Paul me dijo un día: – soñé con Tamara, me llamaba y me decía que estaba bien donde estaba y que ella también me extrañaba a mí y a mi madre -. Después me dijo que no entendía ese sueño pero que ya estaba más tranquilo. Me alegró mucho saberlo, pues desde que se enteró de la muerte de su hermana había cambiado; miraba sin dirección alguna o a veces como si estuviese escrutando el suelo, no hablaba y ya no llegaba a mi casa frecuentemente como antes; todo le era indiferente.

Una tarde llegó a buscarme: – te presento a Camile, mi novia – me dijo.

Ella fingió una sonrisa y me tendió la mano la cual me tardé en dar. El nunca me había contado de ella. Estuvieron allí mucho rato; o por lo menos así lo sentí. “Por fin se fueron” pensé, ordené la sala y la cocina y me fui a dormir. Sentí que había perdido a un amigo; el único y verdadero desde hace mucho tiempo. Incluso pensé en todo lo que pude haber hecho en vez de perder el tiempo buscando a Tamara.

Pasó más de un mes y Paul seguía con Camile, yo había seguido trabajando y me había olvidado ya de él, como él de mí. Al menos lo había intentado.

Un tiempo después, estaba sentada en café donde conocí a Paul, cuando escuché su voz; – ¿puedo sentarme a tu lado? – me preguntó. No le respondí pero se sentó. Pidió dos copas de tinto… No nos dijimos nada como en veinte minutos; – Camile me dejó – me dijo – creo que se enteró de mi pasado; me siento muy mal, me avergüenzo de ese pasado, esos años que yo mismo construí como una novela trágica… -. Lo volteé a ver y no le dije nada, me quedé viéndolo. – Lo siento – le dije, me levanté y me fui. Estaba lloviendo pero no me importó, llegué al parque y me senté en una banca y me quedé viendo el suelo. Estuve allí un largo rato mojándome. Tenía frío pero no me importó; me había enojado que Paul se olvidara de mí.

Ahora me parecía que Paul era tan solo una luz efímera, un ruido pasajero: humo. Pasaron las horas y seguía lloviendo, cuando escuché que Paul me decía: – ¿por qué me haces esto, qué he hecho para merecerlo? – se sentó a mi lado; – si te molestó lo de Camile, perdóname, eres mi amiga -. Yo no quería escucharlo pero lo hice – perdóname – le dije – no se por qué me molesté, sólo eres mi amigo -.

Mauro llegó a mi casa un domingo; buscaba a Paul, le dije que no lo conocía, pues no sabía quién era Mauro ni como sabía que yo vivía allí. – Yo se que usted lo conoce – me dijo – si lo ve, sólo dígale que su madre está muy enferma -. Le dije a Paul pero no quiso ir a verla.

Paul y yo seguimos siendo muy buenos amigos durante mucho tiempo. Dos años habían pasado desde que él escapó de la cárcel y por lo visto, ya a nadie le importaba el caso.

Eso pensé hasta que un día Paul fue reconocido por un policía en la calle. Disparó contra él enseguida y lo mató. Yo no podía creerlo. Mi único consuelo fue pensar que ya estaría con su su hermana y que ya no tenía que esconderse del mundo. Su madre vino a verme; lloró por largo rato y se fue en silencio.

Recuerdo esos años, mis ojos se nublan… Luego todo se acaba, todo se oscurece en la noche. Soy pobre, estoy enferma, muchas veces regreso a ese café y luego a ese parque, que cada vez está más abandonado y no me importan ni la lluvia, ni el sol, ni las estrellas, ni esa amiga que me habla para hacerme regresar a la realidad.

1997

 

*Imagen: Kim Matthews Wheaton

 

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